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Posted at 01:43 on 14-May-2011 |
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Historia de una clandestina (c) Piedad
Estuve esperando este momento los últimos dos años. Cuando llegué clandestina a EE.UU. sabía que iba a pasar un mal rato pero no me imaginaba que sería para esto. Apenas crucé la frontera en Texas, me conseguí un aventón hasta Dallas y en pocos días un trabajo lavando platos en una cafetería. No me iba mal la vida, recibía muchas propinas de los clientes así que me alquilé un departamento más o menos y que quedaba cerca de la cafetería. Me costaba un poco entender el inglés pero muchos gringos entendían el castellano. Lo peor eran los clientes sin vergüenza que se tiraban a mí o me palpaban el culo. Pero a ellos los ignoraba, o hacía por ignorarlos. Y la mayoría se desinteresaba... la mayoría pero no todos. Una noche, apenas había cerrado la cafetería y estaba ordenando la barra, cuando una sombra negra salió detrás de mí y me agarró por la cintura. Traté de defenderme pero para nada: mi atacante era un hombre muy fuerte, un cliente que ya me había molestado por algunas veces. Luego de tirarme sobre la barra, me agarró las muñecas juntas, inmovilizándolas, me separó las piernas y me arrancó las bragas. En castellano con acento americano, me informó que me quedara quieta y nada me pasaría. Estaba tan aterrorizada que le obedecí y me dejé violentar. Tras lo que pareció una eternidad, el animal terminó, pues sentí su goce escurriendo por mis nalgas y entrepierna, aún caliente. Mientras se incorporaba, me preguntó si me había gustado su verga y entonces fue cuando me dio una mezcla de asco y de odio que me dejó ciega. Sin pensarlo dos veces, saqué un largo cuchillo de carne y le acuchillé por la espalda. Y luego una y otra vez más... y seguí hasta estar saciada de venganza. Solo volví a mí al sentir el frío metal de las esposas que me ponían los policías que me arrestaron. ¿Que puedo decir del juicio? Si tenía la ilusión de que Estados Unidos eran la tierra de la igualdad, me la perdí al toque. No entendí la mitad de lo que se decía y no me dieron interprete. Mi abogado era un recién graduado que nunca había visto una sesión de corte. La acusación hizo campaña contra la criminal inmigración clandestina en mi persona. La jueza era una señora de ascendencia latina que no quería ver sus raíces asociadas a inmigrantes criminales. Así que lógicamente me tocó pagar por todos... en la silla eléctrica. Mal entendí cuando me dijeron que me parara y una oficial se paró a mi lado para finalmente traducirme algo: mi sentencia! En inglés me la dictaron y a la vez la oficial me la comunicaba: -Piedad Carrasco, se le encontró culpable de homicidio en primer grado. Así, y en conformidad con la ley del estado de Texas, la condeno a muerte por corriente eléctrica, a ejecutarse en fecha aún por determinar y en un establecimiento penitenciario del estado. Y que Dios se apiade de su alma. Y así se cumplía mi infortunio. Me trajeron a este penal en que me tienen encerrada hace año y medio. Vino mi familia a visitarme, menos papá que no aguantó. Gastaron dinero con abogados, pero al final de tres meses les dije que ya no perdieran tiempo y dinero conmigo: estaba frita, literalmente. Mamá aún quería quedarse para reivindicar mi cuerpo, pero las autoridades le dijeron que sin dinero y sin papeles me quedaría en el pateo de la prisión. A mí me daba igual, pero logré convencer a Mamá a regresar a nuestro pueblo y tratar de olvidarme. El pabellón de la muerte es algo distinto a lo que me imaginaba. No es una oscura mazmorra en la que te tiran y luego te olvidan, es un conjunto de celdas muy limpias y ordenadas, de paredes grises y blancas. No hay rejas a través de las cuales puedas hablar con tus vecinos, las puertas son de metal y cerradas, solo con una mirilla desde la cual te vigilan a cualquier hora. No es que sea un lugar terrible, pero es muy tranquilo y muy triste. Salgo dos veces a la semana a pasear en el pateo. Los guardias te traen las comidas o lo que quieras, pero no hablan mucho. Y a los otros detenidos casi no los ves y nunca sabes cuando salen a morir. Es como un hotel de zombis. Aquí los días pasan sin sentimiento y sin esperanza. Pero supongo que para eso lo diseñaron. Aquí hacen todo según el reglamento. La semana pasada tuve la visita oficial del director del penal comunicándome que se confirmaba que en una semana me llevarían a la silla. Desde ese día me tienen vigilada las veinticuatro sobre veinticuatro, para que no me haga daño. Dicen que muchos intentan suicidarse apenas saben que su ejecución está aplazada. Trato de escribir algunas cartas a amigos y a mi familia, pero me tarda a escoger las palabras. Termino con mis adioses a mi familia, que no me lloren, que no me extrañen. Me escalofría pensar que cuando las lean, estaré muerta y enterrada. Veinticuatro horas antes de mi ejecución me trasladaron a la celda de la muerte, una celdita aislada cerca de la silla. Es una celda muy pequeña, apenas con espacio para una cama y un escusado. Esta celda si es de rejas para que esté bien visible mientras la ocupo y dos celadoras están sentadas afuera, manteniéndome acompañada y asistiéndome. Cada vez que uso el escusado, lo hago bajo sus miradas silenciosas. Me dejan escoger mi ultima comida para esa noche y tras algún tiempo termino escogiendo huevos rancheros. Después llega la enfermera, verdadera esteticista de la muerte, que me somete a un largo y humillante ritual: me ordena desnudarme y luego me corta el cabello. En seguida, me rapa diestramente el cuero cabelludo, seguido de la pierna izquierda y el coño. Lloro de la humillación. Antes de salir, me entrega la ropa que debo vestir para la silla y un pañal de adulto que tendré que ponerme cuando llegue la hora. Pido que llamen al cura de la prisión. Viene, me confiesa y me da absolución. Después, charlamos, pero poco. Se ofrece a hacer llegar mis cartas a mis entes queridos. Las sello y se las doy. Después se va, prometiendo estar presente por la mañana. Luego de la comida, que apenas llego a probar, trato de dormir, pero no puedo. Fumo un cigarrillo tras otro hasta marearme. Me cambio a la ropa que me dieron: una blusa blanca que tiene velcro a la vez de botones y un pantalón de jean largo cuya pierna izquierda está abierta de lado hasta la rodilla. Para el electrodo. No hay zapatos, debo ir descalza. Desvergonzándome, me bajo las braguitas y me pongo el ridículo pañal, que me hace más culona todavía. Entonces espero. Charlo con las celadoras. Las horas tardan en pasar, las 9 am no llegan. Y de pronto veo que el cielo va clareando y ya no quiero que vengan por mi. Quiero quedar aquí por siempre, si puedo. Prisión perpetua, que caridad! Pero no, veo que las dos celadoras se paran y abren la puerta de mi celda. -Es la hora, -me dice una mientras se arrodilla delante mío y me aplica las cadenas en pies y manos. Escucho pasos apresurados desde el otro extremo del pasillo y ahí llega la comitiva que me va a llevar a la silla. Las celadoras me toman de los brazos y me llevan hasta afuera, entregándome a dos guardias. Me escalofrío al sentir el piso frío del pasillo bajo mis plantas desnudas. Y empieza la marcha. Al final del pasillo se abre una puerta y veo la fea silla esperándome, frente a una ventana desde donde me miran los doce testigos. Los guardias me empujan hacia adelante, yo sin fuerzas para continuar, paralizada por el miedo. Y luego me sientan en la silla y empiezan a atar las correas: dos para cada pierna y brazo y dos para el pecho. Uno de los guardias estira mi pierna izquierda hacía adelante y creo que va a besarme el pie descalzo, pero nada más era para untármela con gel antes de colocarle el electrodo y prendérmela con las correas. Otro guardia se pone detrás mío y me unta abundantemente mi cuero cabelludo desnudo con gel antes de bajarme el horrible casco sobre la cabeza. Instintivamente, trato de bajarme para escapar al casco, pero pronto ya estaban abrochando su correa bajo mi mentón, sujetándome la cabeza a la espalda de la silla. Siento con sorpresa la esponja mojada dentro del casco, escurriendo agua por mi cien y frente. De pronto los guardias se apartan y el director se aproxima. Me lee por ultima vez mi sentencia, para un micrófono para que los testigos escuchen. No lo escucho, ya estoy muy lejos. Me pregunta si tengo algo que decir antes de que se cumpla la sentencia y le contesto que no. Entonces un par de manos viene por detrás de mí e me pasa una mordaza de cuero sobre la boca. Una protuberancia en esponja que tiene por adentro me llena la boca, inmovilizándome la lengua. Las manos desaparecen y mis ojos viajan de un lado a otro de la cámara de ejecuciones para ver adonde van, pero ahí están de nuevo con otra correa de cuero frente a mi cara. Esta es distinta, adentro tiene dos parches redondos, como que dos ojos, y pronto descubro que en realidad sirven para cubrírmelos cuando las manos me la abrochan alrededor de la cabeza. Creo que está todo. Escucho pasos apartándose. Mi corazón dispara en mi pecho. Mi respiración se acelera. Todos los poros de mi piel resuman sudor. Me orino el pañal, para eso está. El relámpago atraviesa mi cerebro en ese momento. Veo toda una gama de diferentes colores, pese a que tengo los ojos cerrados. Todo mi cuerpo parece quemar como si estuviera en la plancha y trato de moverme, de huir, pero claro, no puedo. Me retuerzo los dedos de los pies. La corriente me atraviesa por medio minuto antes de cortarse. Mi corazón late descompasado, débil, pero mi cerebro ya se fue, freído por la electricidad. A la segunda descarga, mi cuerpo se enteriza, pero ya no siento nada. Mis terminales nerviosos ya se fueron. Saliva escurre por los rincones de mis labios crispados alrededor de la mordaza. Mi corazón para de una buena vez. Por se acaso me dan una tercera descarga, pero ya es solo para que los testigos vean que estoy bien muerta. Unos hilitos de humo salen de debajo del casco. Los testigos salen. Me dejan enfriando por media hora antes de sacarme de la silla. Me llevan a la morgue, me lavan el cuerpo y me analizan. Todo está conforme con la ley. Siguiente paraje: una cueva anónima en un rincón del pateo. Todo esto ya no lo vi, me contaron que así sería...
Historia de una clandestina (c) Piedad
Estuve esperando este momento los últimos dos años. Cuando llegué clandestina a EE.UU. sabía que iba a pasar un mal rato pero no me imaginaba que sería para esto. Apenas crucé la frontera en Texas, me conseguí un aventón hasta Dallas y en pocos días un trabajo lavando platos en una cafetería. No me iba mal la vida, recibía muchas propinas de los clientes así que me alquilé un departamento más o menos y que quedaba cerca de la cafetería. Me costaba un poco entender el inglés pero muchos gringos entendían el castellano. Lo peor eran los clientes sin vergüenza que se tiraban a mí o me palpaban el culo. Pero a ellos los ignoraba, o hacía por ignorarlos. Y la mayoría se desinteresaba... la mayoría pero no todos. Una noche, apenas había cerrado la cafetería y estaba ordenando la barra, cuando una sombra negra salió detrás de mí y me agarró por la cintura. Traté de defenderme pero para nada: mi atacante era un hombre muy fuerte, un cliente que ya me había molestado por algunas veces. Luego de tirarme sobre la barra, me agarró las muñecas juntas, inmovilizándolas, me separó las piernas y me arrancó las bragas. En castellano con acento americano, me informó que me quedara quieta y nada me pasaría. Estaba tan aterrorizada que le obedecí y me dejé violentar. Tras lo que pareció una eternidad, el animal terminó, pues sentí su goce escurriendo por mis nalgas y entrepierna, aún caliente. Mientras se incorporaba, me preguntó si me había gustado su verga y entonces fue cuando me dio una mezcla de asco y de odio que me dejó ciega. Sin pensarlo dos veces, saqué un largo cuchillo de carne y le acuchillé por la espalda. Y luego una y otra vez más... y seguí hasta estar saciada de venganza. Solo volví a mí al sentir el frío metal de las esposas que me ponían los policías que me arrestaron. ¿Que puedo decir del juicio? Si tenía la ilusión de que Estados Unidos eran la tierra de la igualdad, me la perdí al toque. No entendí la mitad de lo que se decía y no me dieron interprete. Mi abogado era un recién graduado que nunca había visto una sesión de corte. La acusación hizo campaña contra la criminal inmigración clandestina en mi persona. La jueza era una señora de ascendencia latina que no quería ver sus raíces asociadas a inmigrantes criminales. Así que lógicamente me tocó pagar por todos... en la silla eléctrica. Mal entendí cuando me dijeron que me parara y una oficial se paró a mi lado para finalmente traducirme algo: mi sentencia! En inglés me la dictaron y a la vez la oficial me la comunicaba: -Piedad Carrasco, se le encontró culpable de homicidio en primer grado. Así, y en conformidad con la ley del estado de Texas, la condeno a muerte por corriente eléctrica, a ejecutarse en fecha aún por determinar y en un establecimiento penitenciario del estado. Y que Dios se apiade de su alma. Y así se cumplía mi infortunio. Me trajeron a este penal en que me tienen encerrada hace año y medio. Vino mi familia a visitarme, menos papá que no aguantó. Gastaron dinero con abogados, pero al final de tres meses les dije que ya no perdieran tiempo y dinero conmigo: estaba frita, literalmente. Mamá aún quería quedarse para reivindicar mi cuerpo, pero las autoridades le dijeron que sin dinero y sin papeles me quedaría en el pateo de la prisión. A mí me daba igual, pero logré convencer a Mamá a regresar a nuestro pueblo y tratar de olvidarme. El pabellón de la muerte es algo distinto a lo que me imaginaba. No es una oscura mazmorra en la que te tiran y luego te olvidan, es un conjunto de celdas muy limpias y ordenadas, de paredes grises y blancas. No hay rejas a través de las cuales puedas hablar con tus vecinos, las puertas son de metal y cerradas, solo con una mirilla desde la cual te vigilan a cualquier hora. No es que sea un lugar terrible, pero es muy tranquilo y muy triste. Salgo dos veces a la semana a pasear en el pateo. Los guardias te traen las comidas o lo que quieras, pero no hablan mucho. Y a los otros detenidos casi no los ves y nunca sabes cuando salen a morir. Es como un hotel de zombis. Aquí los días pasan sin sentimiento y sin esperanza. Pero supongo que para eso lo diseñaron. Aquí hacen todo según el reglamento. La semana pasada tuve la visita oficial del director del penal comunicándome que se confirmaba que en una semana me llevarían a la silla. Desde ese día me tienen vigilada las veinticuatro sobre veinticuatro, para que no me haga daño. Dicen que muchos intentan suicidarse apenas saben que su ejecución está aplazada. Trato de escribir algunas cartas a amigos y a mi familia, pero me tarda a escoger las palabras. Termino con mis adioses a mi familia, que no me lloren, que no me extrañen. Me escalofría pensar que cuando las lean, estaré muerta y enterrada. Veinticuatro horas antes de mi ejecución me trasladaron a la celda de la muerte, una celdita aislada cerca de la silla. Es una celda muy pequeña, apenas con espacio para una cama y un escusado. Esta celda si es de rejas para que esté bien visible mientras la ocupo y dos celadoras están sentadas afuera, manteniéndome acompañada y asistiéndome. Cada vez que uso el escusado, lo hago bajo sus miradas silenciosas. Me dejan escoger mi ultima comida para esa noche y tras algún tiempo termino escogiendo huevos rancheros. Después llega la enfermera, verdadera esteticista de la muerte, que me somete a un largo y humillante ritual: me ordena desnudarme y luego me corta el cabello. En seguida, me rapa diestramente el cuero cabelludo, seguido de la pierna izquierda y el coño. Lloro de la humillación. Antes de salir, me entrega la ropa que debo vestir para la silla y un pañal de adulto que tendré que ponerme cuando llegue la hora. Pido que llamen al cura de la prisión. Viene, me confiesa y me da absolución. Después, charlamos, pero poco. Se ofrece a hacer llegar mis cartas a mis entes queridos. Las sello y se las doy. Después se va, prometiendo estar presente por la mañana. Luego de la comida, que apenas llego a probar, trato de dormir, pero no puedo. Fumo un cigarrillo tras otro hasta marearme. Me cambio a la ropa que me dieron: una blusa blanca que tiene velcro a la vez de botones y un pantalón de jean largo cuya pierna izquierda está abierta de lado hasta la rodilla. Para el electrodo. No hay zapatos, debo ir descalza. Desvergonzándome, me bajo las braguitas y me pongo el ridículo pañal, que me hace más culona todavía. Entonces espero. Charlo con las celadoras. Las horas tardan en pasar, las 9 am no llegan. Y de pronto veo que el cielo va clareando y ya no quiero que vengan por mi. Quiero quedar aquí por siempre, si puedo. Prisión perpetua, que caridad! Pero no, veo que las dos celadoras se paran y abren la puerta de mi celda. -Es la hora, -me dice una mientras se arrodilla delante mío y me aplica las cadenas en pies y manos. Escucho pasos apresurados desde el otro extremo del pasillo y ahí llega la comitiva que me va a llevar a la silla. Las celadoras me toman de los brazos y me llevan hasta afuera, entregándome a dos guardias. Me escalofrío al sentir el piso frío del pasillo bajo mis plantas desnudas. Y empieza la marcha. Al final del pasillo se abre una puerta y veo la fea silla esperándome, frente a una ventana desde donde me miran los doce testigos. Los guardias me empujan hacia adelante, yo sin fuerzas para continuar, paralizada por el miedo. Y luego me sientan en la silla y empiezan a atar las correas: dos para cada pierna y brazo y dos para el pecho. Uno de los guardias estira mi pierna izquierda hacía adelante y creo que va a besarme el pie descalzo, pero nada más era para untármela con gel antes de colocarle el electrodo y prendérmela con las correas. Otro guardia se pone detrás mío y me unta abundantemente mi cuero cabelludo desnudo con gel antes de bajarme el horrible casco sobre la cabeza. Instintivamente, trato de bajarme para escapar al casco, pero pronto ya estaban abrochando su correa bajo mi mentón, sujetándome la cabeza a la espalda de la silla. Siento con sorpresa la esponja mojada dentro del casco, escurriendo agua por mi cien y frente. De pronto los guardias se apartan y el director se aproxima. Me lee por ultima vez mi sentencia, para un micrófono para que los testigos escuchen. No lo escucho, ya estoy muy lejos. Me pregunta si tengo algo que decir antes de que se cumpla la sentencia y le contesto que no. Entonces un par de manos viene por detrás de mí e me pasa una mordaza de cuero sobre la boca. Una protuberancia en esponja que tiene por adentro me llena la boca, inmovilizándome la lengua. Las manos desaparecen y mis ojos viajan de un lado a otro de la cámara de ejecuciones para ver adonde van, pero ahí están de nuevo con otra correa de cuero frente a mi cara. Esta es distinta, adentro tiene dos parches redondos, como que dos ojos, y pronto descubro que en realidad sirven para cubrírmelos cuando las manos me la abrochan alrededor de la cabeza. Creo que está todo. Escucho pasos apartándose. Mi corazón dispara en mi pecho. Mi respiración se acelera. Todos los poros de mi piel resuman sudor. Me orino el pañal, para eso está. El relámpago atraviesa mi cerebro en ese momento. Veo toda una gama de diferentes colores, pese a que tengo los ojos cerrados. Todo mi cuerpo parece quemar como si estuviera en la plancha y trato de moverme, de huir, pero claro, no puedo. Me retuerzo los dedos de los pies. La corriente me atraviesa por medio minuto antes de cortarse. Mi corazón late descompasado, débil, pero mi cerebro ya se fue, freído por la electricidad. A la segunda descarga, mi cuerpo se enteriza, pero ya no siento nada. Mis terminales nerviosos ya se fueron. Saliva escurre por los rincones de mis labios crispados alrededor de la mordaza. Mi corazón para de una buena vez. Por se acaso me dan una tercera descarga, pero ya es solo para que los testigos vean que estoy bien muerta. Unos hilitos de humo salen de debajo del casco. Los testigos salen. Me dejan enfriando por media hora antes de sacarme de la silla. Me llevan a la morgue, me lavan el cuerpo y me analizan. Todo está conforme con la ley. Siguiente paraje: una cueva anónima en un rincón del pateo. Todo esto ya no lo vi, me contaron que así sería...
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