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Posted at 02:51 on 23-Apr-2011 |
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Aquí me tienen, señores, arrestada, juzgada y con justicia sentenciada a la más grave pena que se sufre en este país. No lo niego. Asesina de mi hombre. La maldición del celo latino, como le llamaba mi papá cuando nos leía del periódico algún caso de homicidio pasional. Mi mamá siempre se persignaba al escuchar la lectura del último párrafo del ocasional artículo, que siempre anunciaba la fúnebre sentencia. Yo, aún niña, me deslumbraba sin comprender ante el silencio que encerraba esos episodios, como si algo de secretamente prohibido ocurriese detrás de esas palabras leídas tan solemnemente por papá. Jamás en mi vida me consideraría una blanca paloma, pero solo muy tarde me enteré que así estaba también yo destinada a terminar mis tormentos en este mundo. Fueron necesarios diez años de matrimonio para que yo lo entendiera. Diez años de salidas de emergencia, noches de espera y de soledad, de llegadas tardías, de cenas olvidadas, de llamadas interrumpidas, de perfumes desconocidos, de discusiones, de desamor. De malos tratos. Al fin de diez años le serví al cerdo de mi marido un vaso de leche tibia con arsénico. No tuve peso de conciencia al verlo revolcarse en el suelo del salón. Solo esperé que se quedara quieto y luego llamé a la Guardia Civil. Y listo. Me tocó una jueza en el juzgado. Para quien piense que eso me ayudaría, desengáñese. Era mujer de familia, toda una dama, respetadora y respetada. Tenía la vida que me hubiera encantado tener e yo representaba la que para ella nunca debía existir. Y así, formalmente y como debe ser me pasó la sentencia: - Piedad Carrasco, se le encontró culpable por homicidio con circunstancias agravantes. Así, haciendo uso del poder reconocido a este tribunal, debo sentenciarla y la sentencio a muerte, quedando de este momento en adelante encarcelada y en data todavía a establecerse deberá ser llevada a determinado lugar y ahí se cumpla la sentencia con pena de garrote. Y que Dios se apiade de su alma. Así, nada más. Sin emoción en la voz, sin mirarme a la cara. Me pregunto si lo hará cuando venga a presenciar el cumplimento de la sentencia... Al principio ni lo quise creer. Me quedé sin reacción. Mi abogado se esfumó apenas me pusieron las esposas. Los guardias me trajeron por no sé que pasillos, no recuerdo. Tengo aún viva en mi mente el momento en que me entregaron a dos celadoras de las celdas de la muerte. Recuerdo que me desvistieron, me ducharon y luego me entregaron la ropa de prisionera: una túnica gris que se abotona por delante y me da por la rodilla y unas sandalias en cuero crudo, tan burdas que me cuesta menos olvidarlas que usarlas. Desde entonces me trajeron hasta esta celda y muy raro salgo. Excepto por salir dos veces a la semana a caminar por un pateo interior, o cuando me llevan a la enfermería o al bloque sanitario, aquí me paso todo el tiempo. Y el tiempo pasa despacio cuando no tienes muchas personas con quienes hablar. Aparte las celadoras, solo el cura de la prisión y el doctor me visitan con frecuencia. Me paso la mayor parte sola. Me permiten fumar. Las celadoras me dan una ración semanal de cigarrillos, un paquete. Son unos cigarrillos fuertes, sin filtro, que según creo son hechos a mano por las demás prisioneras del penal. Me ayudan a pasar el tiempo, especialmente de noche. No tengo mucho contacto con las otras condenadas, sea con las de penas comunes o con las de muerte. En realidad, he visto más de las primeras que de las últimas, pues cuando me trasladan me cruzo con ellas en los pasillos. Siempre me miran de lado, como si me guardaran respeto o me tuvieran pena. No me importa. A mis vecinas no veo, pero a menudo las escucho: llorando o lamentándose, o a veces gemidos nocturnos, pesadillas o masturbaciones. Desde que estoy aquí, por dos veces fui despierta por movimentaciones poco usuales en el pasillo, muy temprano por la mañana. El ruido de muchos pasos primero, luego una llave rodando en una cerradura, una puerta abriéndose. Pausa, un silencio mortal. Y luego unos cuantos quejidos, voces murmurando. De pronto, nuevos pasos, esta vez pasando frente a mi celda, los murmurios se hacen más claros, se pierden en la distancia. La puerta se cierra. Y eso fue lo más cerca que estuve de una ejecución, aunque cuando pregunté que había pasado a las celadoras, me respondieron evasivamente que transferían una prisionera. Claro. El espacio tampoco ayuda: la cama, una mesita y el escusado ocupan gran parte de este cubículo, en donde apenas puedo dar tres pasos hasta volver atrás. La celda huele a pies sudados, aunque ni siquiera uso medias. Solo me permiten una ducha a la semana y en ese día se refresca la atmósfera de mi sudor. Pero no es del calor. Es la maldita tensión en que me tienen día y noche. La tensión de esperar que me digan de una puta vez en que día harán la merced de cumplir la sentencia. Y que lo hagan en seguida, pues me tienen harta de estas paredes grises, donde solo el Cristo crucificado me vela las noches, y de esa puerta callada, por detrás de la cual me vigilan a todas las horas. Quisiera que me lo dijeran hoy. Y que lo hicieran mañana. Mientras tanto, me toca pasar el tiempo como pueda.
Ya estaba yo en las celdas de la muerte hace cuatro o cinco meses cuando una mañana me entran en la celda el cura y un hombre encorbatado que yo no había visto antes y que supe después ser el director de la prisión. Estaba yo sentada en la cama, fumando, y delante de esas visitas quise pararme como se suele hacer, pero el cura me rodeó los hombros con su brazo y me hizo sentar de nuevo. - Calma, hija mía... El director aclaró la garganta, abrió un sobre que tenía en la mano y sacó la hoja de papel que tenía dentro. Y luego, para mi espanto, leyó con voz grave: - Piedad Carrasco, habiendo usted sido condenada a la pena de muerte, y habiéndole sido negado indulto o perdón, queda usted informada que pasando una semana de este día, a las diez de la mañana, se cumplirá en usted la sentencia del tribunal. Me tapé la boca tratando de callar un quejido, pero las lágrimas me cayeron de inmediato. Sentí que me faltaban las fuerzas, el mundo se me hizo oscuro. El cura trataba de consolarme, pero no lograba darle oídos. No sé cuanto tiempo se quedó ahí conmigo, pero si sé que cuando volví a pleno sentido, ya no estaba el director y las celadoras le invitaban a salir, por tarde. Mi cigarrillo ya se había quemado hace mucho. El cura salió, me acosté sin siquiera cambiarme al camisón de noche y me cubrí por completo, ocultándome del mundo. Desperté al día siguiente, exhausta y hambrienta. Me senté en la cama y traté de aclarar las ideas. Sentí movimiento detrás de la puerta. Seguramente me observaban por el agujero de vigilancia. Abrieron la puerta y dos celadoras entraron, una de ellas transportando un plato y una taza. Mí desayuno. Comí con ganas. Esperaron a que yo terminase antes de explicarme que de ese momento en adelante estarían postadas las veinticuatro horas a la puerta de mi celda y en el último día en el interior. No tuve reacción sino decir que si entendía. Los días que se siguieron fueron de trance: llenos de nerviosidad, de desesperación y de pesadilla. Dormía más de día que de noche. Apenas se escuchaba algún ruido de lloro o sobresalto dentro de mi celda, la puerta se abría y una de las celadoras entraba a calmarme, a ver si necesitaba algo o a administrarme medicación. Luego, al amanecer del quinto día, acepté lo inevitable y me resigné a esperarlo con calma. Que más podía hacer? Por fin, las celadoras empiezan a hacer vigilia permanente en mi celda. Descubro que se llaman Francisca y Tereza. Me traen raciones extras de cigarrillos y café. Trajeron también un tablero de ajedrez y cartas para jugar. Me paso las horas jugando, charlando con las celadoras y fumando un cigarrillo tras otro. Pero cuando llega la noche, me percato de que las horas van corriendo. Me asusta la perspectiva de lo que va a pasar. Ya no me apetece jugar. Una curiosidad mórbida empieza a llenarme. Les pregunto a las celadoras que me va a pasar cuando llegue la hora. Se quedan en silencio, los ojos en el juego. - Piedad, por favor, olvida eso. - me contesta Tereza. Pero sigo intentando. Ya lo han visto? Es muy doloroso? Habrá mucha gente? Las dos actúan como si quisieran seguir jugando sin dar atención a mis preguntas, así que interrumpo el juego. Estoy a punto de gritar, cuando Francisca me encara y dice suavemente: - Todo ocurrirá muy rápido, tenlo por seguro. Apenas te darás cuenta de lo que está pasando. Y estarás acompañada, no te dejaremos sola. - me toca la mano. Eso me conforta un poco. No sé por qué razón me obsesiono con que esté ahí más gente o no. Que más da si unos cuantos o una multitud irán a verme morir? No sé si será mejor morir en medio de la plaza frente a miles de personas que mal podrán verme o aquí, casi a escondidas, en una celda poco más grande que esta y sin más espectadores que unos cuantos testigos oficiales que bajaran piadosamente los ojos al escuchar el estallido seco del tornillo rompiéndome la nuca. Tereza sale un poco y regresa trayendo un tablero con mi última comida. Me siento a la mesita, mientras las dos se paran para darme espacio. Un plato de frijoles con un poco de carne molida, que trago con la ayuda de una cuchara. Un baso de agua para empujarlo todo hasta abajo. Pero no llego a terminar el guiso, no tengo apetito. Trato de dormir, pero no puedo. Las dos mujeres siguen jugando en mi celda, hablando bajo y tomando café. Trato de escuchar lo que dicen por algún tiempo, pero al fin me someto al cansancio y me duermo.
Al día siguiente me despierto en pánico de una pesadilla. Soñé que estaban viniendo por mi. Pero miro alrededor y veo que las celadoras siguen sentadas a la mesa. Aún no nació el día. Me paro con dificultad. No he de haber dormido mucho. Los frijoles de anoche ya se están haciendo incómodos. Me levanto y me aproximo del escusado y les digo a las celadoras que tengo que ir, pero lo único que me dicen es que lo haga. Entiendo que no van a salir y no tengo más remedio que bajarme las braguitas y pasar por la humillación de aliviarme delante de las dos mujeres. Apenas me levanto del escusado cuando Francisca me dice que pronto tendré visitas y tengo que tenerme lista para ellas. Dicen que me quede en camisón de noche, me ayudan a pararme y luego me esposan las manos detrás de la espalda. Francisca hace entonces que me siente de nuevo y me corta rápidamente los cabellos sueltos por el nivel del mentón. Antes que me percate, está hecho: mi largo cabello es sacrificado. - Perdón. Era necesario hacerlo... - me pide la celadora. Me sacan al pasillo y me llevan al balneario donde me doy una última ducha. Más limpiecita, regreso a mi celda. El sol aún no nació. El doctor me visita, haciéndome un último chequeo y ofreciéndome calmantes. Poco después el director viene a preguntar si todo está a mi gusto. Me da la gana de aplastarle la cabeza con un banquillo, pero le aseguro que todo está bien. Puedo ver que nace el sol por la ventanita cerca del techo de mi celda. Pregunto la hora a Tereza, pero no me contesta directamente: - Falta todavía, Piedad... Llegan los Hermanos de la Paz y la Caridad. Se anuncian con un solo toque en la puerta. Me estremezco. Francisca me murmura que me calme y entonces Tereza abre la puerta. Veo tres de ellos, con sus capuchas blancas sobre el rostro, blancas vestimentas sobre todo el cuerpo, solo dejando ver abajo unos pies calzados de sandalias semejantes a las mías. - Para hacer bien por el alma de la que van a ajusticiar. Su pregón. El que está a la puerta entrega un bulto a Tereza, que cierra la puerta tras aceptarlo. Nadie habla. La dos celadoras me hacen parar en medio de la minúscula celda y me ayudan a desvestirme. Lo hago envuelta como en un sueño. Tereza abre el bulto. Es un traje negro, de tejido crudo, semejante al de los Hermanos, pero sin capucha. Me ayudan a vestirlo. Me agacho para calzar las incómodas sandalias, pero las celadoras me toman de los brazos y me dicen que las deje. Comprendo. Me esposan las manos delante. Todo está listo, debo salir. Echo un último vistazo a la celda donde pasé tantos meses y me dejo conducir a través de la puerta. En el pasillo, sigo entre las celadoras, mientras los religiosos nos siguen guardando alguna distancia. Me hacen caminar descalza por algunos pasillos más antes de entrar en la capilla de la prisión. Ahí, me liberan las manos y los Hermanos me rodean, substituyendo a las celadoras, que se quedan a la puerta del pequeño templo. Estoy en capilla desde ahora y hasta el final. Me paso las últimas horas de vida entre estas paredes de cemento y estos santos de yeso. Uno de los religiosos me hace arrodillar frente al altar y me coloca entre manos una gruesa vela de cera blanca. Me murmura que ore y me haga la paz con Dios y luego se aparta, guardando con los demás una distancia respetuosa. No sé cuanto tiempo me quedé así. La llama de la vela tenía un efecto como que hipnótico. Me perdí en medio de mis oraciones, lloré, de miedo, rabia y por fin, de alivio. Pronto todo terminará. Por los vitrales de la capilla, veo que el día va adelantado. Arrodillada, recibo la extrema unción tras rendir al religioso las cuentas de mis muchos pecados. Por malicia, no le oculto nada, incluso algunos detalles más escandalosos de mi vida sexual. O de como me paso las noches en prisión. Comprenderán, no se tiene mucha compañía encerrada en una celda... Finalmente, se abre la puerta. Francisca y Tereza entran y me toman de los brazos. Los Hermanos me rodean de humanidad, despidiéndose de mí. Soy sacada al pasillo, donde dos carceleros nos aguardan. Siento las frías lajas del piso bajo mis suelas desnudas mientras me llevan hacia la cámara de ejecuciones. Francisca y Tereza me ayudan, estoy transida de miedo: - Vamos, Piedad, ten valor... Al fondo del pasillo está una puerta pintada de rojo, sin ventana de vigilancia. Se abre al aproximarnos. Me hacen entrar. Siento que me abandonan las fuerzas al verme confrontada con el horrible instrumento de mi muerte, en el extremo opuesto a la puerta, cerca de la pared: el garrote. Detrás de él, el verdugo, vestido con uniforme militar pero sin insignias. De un lado y otro de la cámara, la jueza que me condenó, el director y su esposa, dos monjas, el doctor, el cura y otros señores y señoras que no conozco. El director señala a los carceleros, que de inmediato toman los lugares de Tereza y Francisca. Estas me abandonan y toman lugar entre los testigos, tras presionarme levemente los hombros como que dándome coraje. Trato de decir algo, pero ya los carceleros me llevan al garrote. Me hacen sentar en el banquillo, de espalda al poste, y luego me pasan las dos correas de cuero alrededor de brazos y torso. Quedo inmovilizada. El verdugo me sostiene la cabeza mientras me coloca el collar de hierro alrededor de mi cuello. Siento el frío collar tocando mi garganta expuesta, vulnerable. Y detrás, el toque helado y amenazante del tornillo contra mi nuca, listo a avanzar sin misericordia. Uno de los carceleros se arrodilla delante de mí y me ata los pies descalzos por la altura del tobillo y sobre el tejido de la túnica. Así me permitirán patalear en agonía sin indecencias. Miro los testigos delante de mi, especialmente la jueza que me condenó. Ninguna emoción. Pero los demás evitan mi mirada, por vergüenza o compasión. De pronto un par de manos surge por detrás de mi y siento que algo me cubre la cabeza. Ahí está, la capucha del ajusticiado. Aún no me entero totalmente de que se trata e ya mi rostro está ocultado por completo, para mucho alivio de los testigos. Mi mundo es ahora una total oscuridad. Tengo miedo. Apenas me percato de mi corazón latiendo y del sudor inundándome la frente y después de movimientos por detrás de mi, pasos. Pero el horror se intensifica cuando me doy cuenta de que el tornillo está avanzando y el collar, retrocediendo. Me están agarrotando! Todo ocurre muy rápido, pero para mi parece como si fuera una eternidad. El tornillo avanza, empujándome la nuca hacia delante, presionando mi garganta contra el collar de hierro. Trato de protestar, pero en mi garganta ya se aprieta el garrote. La presión aumenta y el dolor empieza. Dios, como duele ahora! Me retuerzo en el banquillo, estiro las piernas y mis pies patalean el suelo de piedra, pero no puedo escapar del abrazo de las correas que me prenden al poste del garrote. Mi garganta se cierra cada vez más contra el collar, transformando mis protestas en un gemido gutural que asemeja el obsceno. Necesito aire! Abro la boca para conseguirme oxígeno pero en su lugar es mi lengua entumecida que se desliza hacia fuera, escurriendo saliva por mi mentón. El dolor es casi imposible. Mis ojos se reviran en sus orbitas y por fin escucho un estallido seco atrás de mi. Hay un relámpago de dolor en mi cerebro y después nada más. Ya no siento dolor. El collar estrecha un poco más mi garganta cerrada, me estremezco una última vez y mi cuerpo se afloja en el banquillo. Los latidos de mi corazón se hacen muy débiles hasta que cesan. Por último, siento que una materia tibia me llena las braguitas, mientras una humedad caliente me empapa vergonzosamente la entrepierna. Siento que el doctor me toma la pulsación con un estetoscopio. Anuncia que estoy muerta. Los testigos salen. Me quedo una hora en esa oscuridad, tras la cual los carceleros regresan y liberan mi cuerpo del garrote. Me entregan a los Hermanos de la Paz y de la Caridad, que desvisten, limpian y amortajan mi pobre cuerpo con el hábito franciscano. Ellos mismos se encargan de custodiar mi cuerpo hasta que es enterrado en el pateo de la prisión, en una campa anónima. Y así pagué con la vida el crimen de homicidio, de forma oscura y humillante. Como un mal sueño, mi vida llega al final...
Al día siguiente me despierto en pánico de una pesadilla. Soñé que estaban viniendo por mi...
Aquí me tienen, señores, arrestada, juzgada y con justicia sentenciada a la más grave pena que se sufre en este país. No lo niego. Asesina de mi hombre. La maldición del celo latino, como le llamaba mi papá cuando nos leía del periódico algún caso de homicidio pasional. Mi mamá siempre se persignaba al escuchar la lectura del último párrafo del ocasional artículo, que siempre anunciaba la fúnebre sentencia. Yo, aún niña, me deslumbraba sin comprender ante el silencio que encerraba esos episodios, como si algo de secretamente prohibido ocurriese detrás de esas palabras leídas tan solemnemente por papá. Jamás en mi vida me consideraría una blanca paloma, pero solo muy tarde me enteré que así estaba también yo destinada a terminar mis tormentos en este mundo. Fueron necesarios diez años de matrimonio para que yo lo entendiera. Diez años de salidas de emergencia, noches de espera y de soledad, de llegadas tardías, de cenas olvidadas, de llamadas interrumpidas, de perfumes desconocidos, de discusiones, de desamor. De malos tratos. Al fin de diez años le serví al cerdo de mi marido un vaso de leche tibia con arsénico. No tuve peso de conciencia al verlo revolcarse en el suelo del salón. Solo esperé que se quedara quieto y luego llamé a la Guardia Civil. Y listo. Me tocó una jueza en el juzgado. Para quien piense que eso me ayudaría, desengáñese. Era mujer de familia, toda una dama, respetadora y respetada. Tenía la vida que me hubiera encantado tener e yo representaba la que para ella nunca debía existir. Y así, formalmente y como debe ser me pasó la sentencia: - Piedad Carrasco, se le encontró culpable por homicidio con circunstancias agravantes. Así, haciendo uso del poder reconocido a este tribunal, debo sentenciarla y la sentencio a muerte, quedando de este momento en adelante encarcelada y en data todavía a establecerse deberá ser llevada a determinado lugar y ahí se cumpla la sentencia con pena de garrote. Y que Dios se apiade de su alma. Así, nada más. Sin emoción en la voz, sin mirarme a la cara. Me pregunto si lo hará cuando venga a presenciar el cumplimento de la sentencia... Al principio ni lo quise creer. Me quedé sin reacción. Mi abogado se esfumó apenas me pusieron las esposas. Los guardias me trajeron por no sé que pasillos, no recuerdo. Tengo aún viva en mi mente el momento en que me entregaron a dos celadoras de las celdas de la muerte. Recuerdo que me desvistieron, me ducharon y luego me entregaron la ropa de prisionera: una túnica gris que se abotona por delante y me da por la rodilla y unas sandalias en cuero crudo, tan burdas que me cuesta menos olvidarlas que usarlas. Desde entonces me trajeron hasta esta celda y muy raro salgo. Excepto por salir dos veces a la semana a caminar por un pateo interior, o cuando me llevan a la enfermería o al bloque sanitario, aquí me paso todo el tiempo. Y el tiempo pasa despacio cuando no tienes muchas personas con quienes hablar. Aparte las celadoras, solo el cura de la prisión y el doctor me visitan con frecuencia. Me paso la mayor parte sola. Me permiten fumar. Las celadoras me dan una ración semanal de cigarrillos, un paquete. Son unos cigarrillos fuertes, sin filtro, que según creo son hechos a mano por las demás prisioneras del penal. Me ayudan a pasar el tiempo, especialmente de noche. No tengo mucho contacto con las otras condenadas, sea con las de penas comunes o con las de muerte. En realidad, he visto más de las primeras que de las últimas, pues cuando me trasladan me cruzo con ellas en los pasillos. Siempre me miran de lado, como si me guardaran respeto o me tuvieran pena. No me importa. A mis vecinas no veo, pero a menudo las escucho: llorando o lamentándose, o a veces gemidos nocturnos, pesadillas o masturbaciones. Desde que estoy aquí, por dos veces fui despierta por movimentaciones poco usuales en el pasillo, muy temprano por la mañana. El ruido de muchos pasos primero, luego una llave rodando en una cerradura, una puerta abriéndose. Pausa, un silencio mortal. Y luego unos cuantos quejidos, voces murmurando. De pronto, nuevos pasos, esta vez pasando frente a mi celda, los murmurios se hacen más claros, se pierden en la distancia. La puerta se cierra. Y eso fue lo más cerca que estuve de una ejecución, aunque cuando pregunté que había pasado a las celadoras, me respondieron evasivamente que transferían una prisionera. Claro. El espacio tampoco ayuda: la cama, una mesita y el escusado ocupan gran parte de este cubículo, en donde apenas puedo dar tres pasos hasta volver atrás. La celda huele a pies sudados, aunque ni siquiera uso medias. Solo me permiten una ducha a la semana y en ese día se refresca la atmósfera de mi sudor. Pero no es del calor. Es la maldita tensión en que me tienen día y noche. La tensión de esperar que me digan de una puta vez en que día harán la merced de cumplir la sentencia. Y que lo hagan en seguida, pues me tienen harta de estas paredes grises, donde solo el Cristo crucificado me vela las noches, y de esa puerta callada, por detrás de la cual me vigilan a todas las horas. Quisiera que me lo dijeran hoy. Y que lo hicieran mañana. Mientras tanto, me toca pasar el tiempo como pueda.
Ya estaba yo en las celdas de la muerte hace cuatro o cinco meses cuando una mañana me entran en la celda el cura y un hombre encorbatado que yo no había visto antes y que supe después ser el director de la prisión. Estaba yo sentada en la cama, fumando, y delante de esas visitas quise pararme como se suele hacer, pero el cura me rodeó los hombros con su brazo y me hizo sentar de nuevo. - Calma, hija mía... El director aclaró la garganta, abrió un sobre que tenía en la mano y sacó la hoja de papel que tenía dentro. Y luego, para mi espanto, leyó con voz grave: - Piedad Carrasco, habiendo usted sido condenada a la pena de muerte, y habiéndole sido negado indulto o perdón, queda usted informada que pasando una semana de este día, a las diez de la mañana, se cumplirá en usted la sentencia del tribunal. Me tapé la boca tratando de callar un quejido, pero las lágrimas me cayeron de inmediato. Sentí que me faltaban las fuerzas, el mundo se me hizo oscuro. El cura trataba de consolarme, pero no lograba darle oídos. No sé cuanto tiempo se quedó ahí conmigo, pero si sé que cuando volví a pleno sentido, ya no estaba el director y las celadoras le invitaban a salir, por tarde. Mi cigarrillo ya se había quemado hace mucho. El cura salió, me acosté sin siquiera cambiarme al camisón de noche y me cubrí por completo, ocultándome del mundo. Desperté al día siguiente, exhausta y hambrienta. Me senté en la cama y traté de aclarar las ideas. Sentí movimiento detrás de la puerta. Seguramente me observaban por el agujero de vigilancia. Abrieron la puerta y dos celadoras entraron, una de ellas transportando un plato y una taza. Mí desayuno. Comí con ganas. Esperaron a que yo terminase antes de explicarme que de ese momento en adelante estarían postadas las veinticuatro horas a la puerta de mi celda y en el último día en el interior. No tuve reacción sino decir que si entendía. Los días que se siguieron fueron de trance: llenos de nerviosidad, de desesperación y de pesadilla. Dormía más de día que de noche. Apenas se escuchaba algún ruido de lloro o sobresalto dentro de mi celda, la puerta se abría y una de las celadoras entraba a calmarme, a ver si necesitaba algo o a administrarme medicación. Luego, al amanecer del quinto día, acepté lo inevitable y me resigné a esperarlo con calma. Que más podía hacer? Por fin, las celadoras empiezan a hacer vigilia permanente en mi celda. Descubro que se llaman Francisca y Tereza. Me traen raciones extras de cigarrillos y café. Trajeron también un tablero de ajedrez y cartas para jugar. Me paso las horas jugando, charlando con las celadoras y fumando un cigarrillo tras otro. Pero cuando llega la noche, me percato de que las horas van corriendo. Me asusta la perspectiva de lo que va a pasar. Ya no me apetece jugar. Una curiosidad mórbida empieza a llenarme. Les pregunto a las celadoras que me va a pasar cuando llegue la hora. Se quedan en silencio, los ojos en el juego. - Piedad, por favor, olvida eso. - me contesta Tereza. Pero sigo intentando. Ya lo han visto? Es muy doloroso? Habrá mucha gente? Las dos actúan como si quisieran seguir jugando sin dar atención a mis preguntas, así que interrumpo el juego. Estoy a punto de gritar, cuando Francisca me encara y dice suavemente: - Todo ocurrirá muy rápido, tenlo por seguro. Apenas te darás cuenta de lo que está pasando. Y estarás acompañada, no te dejaremos sola. - me toca la mano. Eso me conforta un poco. No sé por qué razón me obsesiono con que esté ahí más gente o no. Que más da si unos cuantos o una multitud irán a verme morir? No sé si será mejor morir en medio de la plaza frente a miles de personas que mal podrán verme o aquí, casi a escondidas, en una celda poco más grande que esta y sin más espectadores que unos cuantos testigos oficiales que bajaran piadosamente los ojos al escuchar el estallido seco del tornillo rompiéndome la nuca. Tereza sale un poco y regresa trayendo un tablero con mi última comida. Me siento a la mesita, mientras las dos se paran para darme espacio. Un plato de frijoles con un poco de carne molida, que trago con la ayuda de una cuchara. Un baso de agua para empujarlo todo hasta abajo. Pero no llego a terminar el guiso, no tengo apetito. Trato de dormir, pero no puedo. Las dos mujeres siguen jugando en mi celda, hablando bajo y tomando café. Trato de escuchar lo que dicen por algún tiempo, pero al fin me someto al cansancio y me duermo.
Al día siguiente me despierto en pánico de una pesadilla. Soñé que estaban viniendo por mi. Pero miro alrededor y veo que las celadoras siguen sentadas a la mesa. Aún no nació el día. Me paro con dificultad. No he de haber dormido mucho. Los frijoles de anoche ya se están haciendo incómodos. Me levanto y me aproximo del escusado y les digo a las celadoras que tengo que ir, pero lo único que me dicen es que lo haga. Entiendo que no van a salir y no tengo más remedio que bajarme las braguitas y pasar por la humillación de aliviarme delante de las dos mujeres. Apenas me levanto del escusado cuando Francisca me dice que pronto tendré visitas y tengo que tenerme lista para ellas. Dicen que me quede en camisón de noche, me ayudan a pararme y luego me esposan las manos detrás de la espalda. Francisca hace entonces que me siente de nuevo y me corta rápidamente los cabellos sueltos por el nivel del mentón. Antes que me percate, está hecho: mi largo cabello es sacrificado. - Perdón. Era necesario hacerlo... - me pide la celadora. Me sacan al pasillo y me llevan al balneario donde me doy una última ducha. Más limpiecita, regreso a mi celda. El sol aún no nació. El doctor me visita, haciéndome un último chequeo y ofreciéndome calmantes. Poco después el director viene a preguntar si todo está a mi gusto. Me da la gana de aplastarle la cabeza con un banquillo, pero le aseguro que todo está bien. Puedo ver que nace el sol por la ventanita cerca del techo de mi celda. Pregunto la hora a Tereza, pero no me contesta directamente: - Falta todavía, Piedad... Llegan los Hermanos de la Paz y la Caridad. Se anuncian con un solo toque en la puerta. Me estremezco. Francisca me murmura que me calme y entonces Tereza abre la puerta. Veo tres de ellos, con sus capuchas blancas sobre el rostro, blancas vestimentas sobre todo el cuerpo, solo dejando ver abajo unos pies calzados de sandalias semejantes a las mías. - Para hacer bien por el alma de la que van a ajusticiar. Su pregón. El que está a la puerta entrega un bulto a Tereza, que cierra la puerta tras aceptarlo. Nadie habla. La dos celadoras me hacen parar en medio de la minúscula celda y me ayudan a desvestirme. Lo hago envuelta como en un sueño. Tereza abre el bulto. Es un traje negro, de tejido crudo, semejante al de los Hermanos, pero sin capucha. Me ayudan a vestirlo. Me agacho para calzar las incómodas sandalias, pero las celadoras me toman de los brazos y me dicen que las deje. Comprendo. Me esposan las manos delante. Todo está listo, debo salir. Echo un último vistazo a la celda donde pasé tantos meses y me dejo conducir a través de la puerta. En el pasillo, sigo entre las celadoras, mientras los religiosos nos siguen guardando alguna distancia. Me hacen caminar descalza por algunos pasillos más antes de entrar en la capilla de la prisión. Ahí, me liberan las manos y los Hermanos me rodean, substituyendo a las celadoras, que se quedan a la puerta del pequeño templo. Estoy en capilla desde ahora y hasta el final. Me paso las últimas horas de vida entre estas paredes de cemento y estos santos de yeso. Uno de los religiosos me hace arrodillar frente al altar y me coloca entre manos una gruesa vela de cera blanca. Me murmura que ore y me haga la paz con Dios y luego se aparta, guardando con los demás una distancia respetuosa. No sé cuanto tiempo me quedé así. La llama de la vela tenía un efecto como que hipnótico. Me perdí en medio de mis oraciones, lloré, de miedo, rabia y por fin, de alivio. Pronto todo terminará. Por los vitrales de la capilla, veo que el día va adelantado. Arrodillada, recibo la extrema unción tras rendir al religioso las cuentas de mis muchos pecados. Por malicia, no le oculto nada, incluso algunos detalles más escandalosos de mi vida sexual. O de como me paso las noches en prisión. Comprenderán, no se tiene mucha compañía encerrada en una celda... Finalmente, se abre la puerta. Francisca y Tereza entran y me toman de los brazos. Los Hermanos me rodean de humanidad, despidiéndose de mí. Soy sacada al pasillo, donde dos carceleros nos aguardan. Siento las frías lajas del piso bajo mis suelas desnudas mientras me llevan hacia la cámara de ejecuciones. Francisca y Tereza me ayudan, estoy transida de miedo: - Vamos, Piedad, ten valor... Al fondo del pasillo está una puerta pintada de rojo, sin ventana de vigilancia. Se abre al aproximarnos. Me hacen entrar. Siento que me abandonan las fuerzas al verme confrontada con el horrible instrumento de mi muerte, en el extremo opuesto a la puerta, cerca de la pared: el garrote. Detrás de él, el verdugo, vestido con uniforme militar pero sin insignias. De un lado y otro de la cámara, la jueza que me condenó, el director y su esposa, dos monjas, el doctor, el cura y otros señores y señoras que no conozco. El director señala a los carceleros, que de inmediato toman los lugares de Tereza y Francisca. Estas me abandonan y toman lugar entre los testigos, tras presionarme levemente los hombros como que dándome coraje. Trato de decir algo, pero ya los carceleros me llevan al garrote. Me hacen sentar en el banquillo, de espalda al poste, y luego me pasan las dos correas de cuero alrededor de brazos y torso. Quedo inmovilizada. El verdugo me sostiene la cabeza mientras me coloca el collar de hierro alrededor de mi cuello. Siento el frío collar tocando mi garganta expuesta, vulnerable. Y detrás, el toque helado y amenazante del tornillo contra mi nuca, listo a avanzar sin misericordia. Uno de los carceleros se arrodilla delante de mí y me ata los pies descalzos por la altura del tobillo y sobre el tejido de la túnica. Así me permitirán patalear en agonía sin indecencias. Miro los testigos delante de mi, especialmente la jueza que me condenó. Ninguna emoción. Pero los demás evitan mi mirada, por vergüenza o compasión. De pronto un par de manos surge por detrás de mi y siento que algo me cubre la cabeza. Ahí está, la capucha del ajusticiado. Aún no me entero totalmente de que se trata e ya mi rostro está ocultado por completo, para mucho alivio de los testigos. Mi mundo es ahora una total oscuridad. Tengo miedo. Apenas me percato de mi corazón latiendo y del sudor inundándome la frente y después de movimientos por detrás de mi, pasos. Pero el horror se intensifica cuando me doy cuenta de que el tornillo está avanzando y el collar, retrocediendo. Me están agarrotando! Todo ocurre muy rápido, pero para mi parece como si fuera una eternidad. El tornillo avanza, empujándome la nuca hacia delante, presionando mi garganta contra el collar de hierro. Trato de protestar, pero en mi garganta ya se aprieta el garrote. La presión aumenta y el dolor empieza. Dios, como duele ahora! Me retuerzo en el banquillo, estiro las piernas y mis pies patalean el suelo de piedra, pero no puedo escapar del abrazo de las correas que me prenden al poste del garrote. Mi garganta se cierra cada vez más contra el collar, transformando mis protestas en un gemido gutural que asemeja el obsceno. Necesito aire! Abro la boca para conseguirme oxígeno pero en su lugar es mi lengua entumecida que se desliza hacia fuera, escurriendo saliva por mi mentón. El dolor es casi imposible. Mis ojos se reviran en sus orbitas y por fin escucho un estallido seco atrás de mi. Hay un relámpago de dolor en mi cerebro y después nada más. Ya no siento dolor. El collar estrecha un poco más mi garganta cerrada, me estremezco una última vez y mi cuerpo se afloja en el banquillo. Los latidos de mi corazón se hacen muy débiles hasta que cesan. Por último, siento que una materia tibia me llena las braguitas, mientras una humedad caliente me empapa vergonzosamente la entrepierna. Siento que el doctor me toma la pulsación con un estetoscopio. Anuncia que estoy muerta. Los testigos salen. Me quedo una hora en esa oscuridad, tras la cual los carceleros regresan y liberan mi cuerpo del garrote. Me entregan a los Hermanos de la Paz y de la Caridad, que desvisten, limpian y amortajan mi pobre cuerpo con el hábito franciscano. Ellos mismos se encargan de custodiar mi cuerpo hasta que es enterrado en el pateo de la prisión, en una campa anónima. Y así pagué con la vida el crimen de homicidio, de forma oscura y humillante. Como un mal sueño, mi vida llega al final...
Al día siguiente me despierto en pánico de una pesadilla. Soñé que estaban viniendo por mi...
Edited by Piedad, 1 year(s) ago
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